Hacia el disfrute por el conocimiento

Acabo de volver de un viaje por el norte de la península. Esta vez ha tocado Navarra tierra de contrastes como su misma propaganda afirma.

El caso es que una de las paradas fue Estella, bonita ciudad monumental y cargada de historia. En la actualidad tomada por peregrinos del camino de Santiago y por toda la parafernalia que le rodea. Después de preguntar en la oficina de información fuimos a visitar los monumentos de rigor. Por desgracia llegamos tarde para ver el museo carlista, que aunque uno de los lugareños nos desaconsejó, me llamaba mucho la atención.

Y así, como unos turistas más, nos fuimos acercando a la hora de buscar un sitio para comer. El problema de viajar en estas fechas, Semana Santa, es que todos los locales estaban llenos a reventar y los precios estaban sospechosamente altos. Y la verdad, viendo las hordas de turistas sospecho que el nivel de los menús no estaban al nivel de los precios.

Después de dar varias vueltas a la plaza y alrededores, llegando incluso cerca de la estación de autobuses, decidimos alejarnos un poco. Y ya casi cuando estábamos a punto de abandonar la búsqueda y de entrar en cualquier local vimos una jatetxea muy animada. Al preguntar si había sitio para comer, casi a las cuatro de la tarde, en vez de decirnos simplemente que no, nos dieron la posibilidad de comer algo en la barra. La verdad es que esto a mí me dio confianza. Estoy un poco cansado de negocios que prefieren dar una negativa en vez de dar una posible solución.

Pedimos unas raciones típicas de la tierra. Qué pimientos de piquillo. De Lodosa, pura artesanía, en palabras del dueño del local. Y deliciosos, en mi opinión. Y qué tortilla de bacalao. Entre unas cosas y otras llegábamos a los postres, entre los que había la típica cuajada. Pero aunque me gusta mucho la cuajada, lo que me decidió a pedirla fue una advertencia del camarero: “sabe un poco a quemado, no es como la cuajada de supermercado”. Y esto fue decisivo, porque en una de mis friki lecturas había leido que la manera tradicional de hacer cuajada es vertiendo unas piedras calentadas en el fuego en el kaiku lleno de leche recién ordeñada, esto le da un sabor a leche quemada muy característico y que no se consigue en las cuajadas comerciales.

La verdad es que fue toda una experiencia. El sabor es completamente diferente a la cuajada normal, el contraste con el sabor de la miel es muy agradable. Pero lo más interesante, para mi, es que si no hubiese leído sobre la manera tradicional de hacer cuajada no habría disfrutado de esta experiencia. Y leer sobre la manera tradicional de hacer cuajada es algo que normalmente se calificaría como una perdida de tiempo, pero cada vez estoy más convencido de que el conocimiento, aparte de sus aplicaciones prácticas, sirve para disfrutar más.

Así que la próxima vez que alguien pregunte que porqué estoy leyendo sobre cualquiera de las frikadas que me interesen en un momento dado, ya tengo la respuesta que darle: para disfrutar de la vida.

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