El guante de Urrutin
Sobre la mesa
Bidermeier del zaguán de mi casa, debajo de mi bufanda allí depositada ayer por la noche, yace un pequeño guante de cuero con metal incrustado.Un guante de mujer solitario es para mí algo tan turbador como la raiz del castaño lo fue para
Roquintin. Se me vació el estómago instantáneamente y las nauseas posteriores no eran sino falsos avisos del sinsentido. Allí estaba el mero
dasein apelmazado en lo que, de repente, se me representó como una bola peluda de deseo reprimido, estéril e invencible. Irrenunciable. Todo se difumina a mi alrededor y mi campo de visión queda reducido a una imagen fija plenamente rebosada por ese objeto inerte que me amenaza dulcemente.
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