Sobre el trabajo

El trabajo no es más que la medida de la capacidad de las personas de influir sobre su entorno para adaptarlo a sus necesidades. Cuanto más inhóspito es el entorno, mayor cantidad de trabajo será necesaria para adaptarlo a nuestras necesidades. Cierto es que nuestras necesidades cambian con el tiempo, por lo que quizá el trabajo será algo con lo que tendremos que convivir siempre. Incluso en la tierra de la que mana leche y miel alguno trabajará para tener aire acondicionado.

Por cuestiones históricas, culturales o lo que sea se ha transformado la visión que tenemos del trabajo hasta verlo casi como un bien. Las personas necesitamos trabajar. Atención al verbo: necesitamos. Necesitamos muchas cosas, pero ciertamente no necesitamos trabajar. El trabajo es todo aquello que hacemos para procurarnos los bienes y servicios necesarios para llevar la vida que queremos.

Pero en nuestra cultura el trabajo se ha convertido en un fin en si mismo.

De hecho, muchas veces el trabajo se entiende como algo concreto. El trabajo para un tercero. Preferiblemente en una organización que nos de cierto status. Porque otra cosa en la que se ha transformado el trabajo es en un vector de status. Eres aquello en lo que trabajas. No exactamente aquello que haces sino aquel puesto que desempeñas en una organización concreta. De esta manera se va separando el trabajo de su fin original. Se convierte en un concepto. Un objeto cultural con unas características concretas.

En un bien que se obtiene de manera indirecta. El trabajo te lo dan. Ya no es aquella actividad por la que manejas tu entorno. No. Es algo de lo que eres merecedor si cumples determinadas condiciones. Se ha convertido en un instrumento de control. Si no eres de determinada manera no tendrás derecho a un trabajo, por lo que no tendrás derecho a status. Te convertirás en un paria.

Y quizá esta sea la razón que empuja a tres personas a irse a un escenario de guerra por un salario, que según he leído por ahí, no les cubre los gastos.

Es curioso

Es extraña la unión que tienes con los escenarios de tu niñez. Con las imágenes de tus recuerdos. Para la mayoría de la gente la imagen idealizada de un paisaje será algo parecido a un prado con unas montañas de fondo y algo de bosque. Quizá hasta con un riachuelo.

Lo que seguro que no suele venir a la mente es una llanura ondulante con un mar de viñas salpicado con unos cuantos olivares. Nací en Castilla y el pueblo de mi padre está en el corazón de la Mancha. Cuando miro ese tipo de paisajes austeros me invade una sensación de calma e inevitablemente me vuelco en mis pensamientos y recuerdos. Entiendo que mucha gente no vea más que un secarral sin mayor interés, ellos se lo pierden. Para mí es hermoso.

Haber crecido en esta parte del mundo influye en que valore ciertas cosas que para otros no tienen valor o son hasta incomodas. Noches calurosas que invitan a festejar, tardes de sol abrasador en las que buscar una buena sombra para ver pasar el tiempo. Pensando en soledad o charlando con amigos. O esos días de invierno, fríos pero con el cielo completamente azul en los que un poco de sol es más que bienvenido.

Y estos son los pensamientos que vinieron a mi cabeza el otro día al ver la foto que publicaba Bianka.

Curioso como funciona la cabeza.

Queremos cobrar por nuestro trabajo

Llego a un post de JaviPas a través de los Bocados de Actualidad de Versvs. Parece que lleva dos meses en Patreon pero el experimento no está dando un resultado demasiado positivo.

Y quizá peco de una visión demasiado sesgada del asunto por mi profesión, pero creo que si quieres que alguien te pague, primero deberás solucionarle algún problema. Y si hay poca gente dispuesta a pagarte, quizá deberías concluir que no le estás solucionando ningún problema a nadie. La pataleta de que en este país no se puede esperar nada porque aquí todo el mundo es un gorrón, no es más que eso: una pataleta que no te va a ayudar a conseguir tu objetivo. Que te paguen por tu trabajo.

Y echándole un vistazo al blog de JaviPas, Incognitosis, veo que aunque es interesante y está bien escrito, no podemos decir que solucione ningún problema más allá de satisfacer un poco la curiosidad y entretener. Y ahí hay mucha competencia. Competencia que ofrece sus contenidos gratis. Bien porque es amateur o porque entra en la gran liga de ganar dinero con publicidad.

Espero que Javi, a quien no conozco, no se moleste por lo que digo. Iba a poner un comentario en su post pero luego pensé: “que coño, para algo tengo un blog”.

Hacia el disfrute por el conocimiento

Acabo de volver de un viaje por el norte de la península. Esta vez ha tocado Navarra tierra de contrastes como su misma propaganda afirma.

El caso es que una de las paradas fue Estella, bonita ciudad monumental y cargada de historia. En la actualidad tomada por peregrinos del camino de Santiago y por toda la parafernalia que le rodea. Después de preguntar en la oficina de información fuimos a visitar los monumentos de rigor. Por desgracia llegamos tarde para ver el museo carlista, que aunque uno de los lugareños nos desaconsejó, me llamaba mucho la atención.

Y así, como unos turistas más, nos fuimos acercando a la hora de buscar un sitio para comer. El problema de viajar en estas fechas, Semana Santa, es que todos los locales estaban llenos a reventar y los precios estaban sospechosamente altos. Y la verdad, viendo las hordas de turistas sospecho que el nivel de los menús no estaban al nivel de los precios.

Después de dar varias vueltas a la plaza y alrededores, llegando incluso cerca de la estación de autobuses, decidimos alejarnos un poco. Y ya casi cuando estábamos a punto de abandonar la búsqueda y de entrar en cualquier local vimos una jatetxea muy animada. Al preguntar si había sitio para comer, casi a las cuatro de la tarde, en vez de decirnos simplemente que no, nos dieron la posibilidad de comer algo en la barra. La verdad es que esto a mí me dio confianza. Estoy un poco cansado de negocios que prefieren dar una negativa en vez de dar una posible solución.

Pedimos unas raciones típicas de la tierra. Qué pimientos de piquillo. De Lodosa, pura artesanía, en palabras del dueño del local. Y deliciosos, en mi opinión. Y qué tortilla de bacalao. Entre unas cosas y otras llegábamos a los postres, entre los que había la típica cuajada. Pero aunque me gusta mucho la cuajada, lo que me decidió a pedirla fue una advertencia del camarero: “sabe un poco a quemado, no es como la cuajada de supermercado”. Y esto fue decisivo, porque en una de mis friki lecturas había leido que la manera tradicional de hacer cuajada es vertiendo unas piedras calentadas en el fuego en el kaiku lleno de leche recién ordeñada, esto le da un sabor a leche quemada muy característico y que no se consigue en las cuajadas comerciales.

La verdad es que fue toda una experiencia. El sabor es completamente diferente a la cuajada normal, el contraste con el sabor de la miel es muy agradable. Pero lo más interesante, para mi, es que si no hubiese leído sobre la manera tradicional de hacer cuajada no habría disfrutado de esta experiencia. Y leer sobre la manera tradicional de hacer cuajada es algo que normalmente se calificaría como una perdida de tiempo, pero cada vez estoy más convencido de que el conocimiento, aparte de sus aplicaciones prácticas, sirve para disfrutar más.

Así que la próxima vez que alguien pregunte que porqué estoy leyendo sobre cualquiera de las frikadas que me interesen en un momento dado, ya tengo la respuesta que darle: para disfrutar de la vida.